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Calafou — El laboratorio postcapitalista donde el código se encontró con el conflicto

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Calafou laboratorio postcapitalista

Calafou laboratorio postcapitalista: el «monasterio hacker»

Período: 2010 – 2016
Tags: #calafou#postcapitalismo#hacklab#cooperativismo#amirtaaki#vitalikbuterin

Referencias destacadas:

El origen: 2010, la compra de una colonia industrial abandonada

A sesenta kilómetros al oeste de Barcelona, escondida en el fondo de un valle al que solo se accede por un camino de tierra mal mantenido, hay una antigua colonia industrial. Se llama Calafou (o Ca La Fou). Durante décadas, fue un centro de producción textil y papelera, autosuficiente y aislado, con escuela, iglesia y tienda propia. Las familias que trabajaban allí vivían en condiciones de explotación extrema, a menudo pagadas con vales canjeables solo en la tienda de la fábrica.

En 1975, la colonia fue abandonada. Durante más de treinta años, los edificios se degradaron. En 2005, un incendio destruyó parte de la techumbre de uno de los principales hangares. El lugar parecía condenado a la ruina definitiva.

Pero en octubre de 2010, un grupo de personas vinculadas a la Cooperativa Integral Catalana (CIC) visitó el lugar. Vieron algo que otros no veían: no una ruina, sino una oportunidad. En julio de 2011, se mudaron. Compraron la finca (27.000 metros cuadrados) mediante un sistema de lease-buy: 500.000 euros pagaderos en diez años, con cuotas mensuales de unos 3.500 euros.

Calafou, la “colonia eco-industrial postcapitalista”, había nacido.


Un nodo en una red más amplia: squats, casas okupas y espacios de encuentro

Calafou no era un experimento aislado. Formaba parte de una red de espacios físicos donde el activismo tecnológico, el cooperativismo y la política radical se encontraban en el territorio catalán. Entre ellos destacaban:

  • Los squats de Mataró: Espacios okupados donde se realizaban talleres de software libre, encuentros de la CIC y sesiones de trabajo de desarrolladores anarquistas.
  • La Casa de la Montaña en Barcelona: Un centro social okupado en el barrio de El Carmel, donde se celebraban asambleas, hacklabs y encuentros internacionales.

Estos lugares eran propicios para el encuentro entre el mundo del software y la realidad social, cultural y política. En ellos, los códigos no solo se escribían en pantallas; se encarnaban en prácticas cotidianas: la toma de decisiones horizontal, la autogestión de recursos, la desobediencia civil, la experimentación con nuevas formas de financiación.


Los visitantes: Amir Taaki, Vitalik Buterin y una constelación de creadores

Entre 2013 y 2015, Calafou se convirtió en un polo de atracción para algunas de las mentes más brillantes del criptoanarquismo y el software libre. No solo pasó Amir Taaki (el anarquista británico-iraní, creador de libbitcoin y Dark Wallet). También lo visitaron y trabajaron allí:

  • Vitalik Buterin, el joven prodigio ruso-canadiense que había lanzado Ethereum a principios de 2014. Vitalik visitó Calafou, conoció sus instalaciones y debatió con los desarrolladores sobre la escalabilidad y los casos de uso de los contratos inteligentes.
  • Otros muchos desarrolladores, creadores y fundadores de proyectos que hoy son difíciles de enumerar exhaustivamente, pero cuya presencia tejió una red difusa e influyente. Entre ellos, uno de los fundadores de Undervan, que bebió directamente de esa experiencia de confluencia entre código y vida.
  • Desarrolladores de Dark Wallet, libbitcoin, OpenBazaar, así como activistas de la Cooperativa Integral Catalana, tecnólogos de la P2P Foundation y pensadores vinculados a los comunes digitales.

La prensa internacional, fascinada por la imagen de un “monasterio hacker” en mitad del campo, se volcó en reportajes. Business Insider describió el lugar como “una revolución de Bitcoin en un loco monasterio de hackers”. La BBC y otros medios se hicieron eco. Pero lo que los periodistas no captaban era la complejidad de la trama: Calafou era un nodo de encuentro entre mundos que apenas se entendían entre sí.

Fireside chat: The prehistory of Ethereum and proto-network states / Amir Taaki, Vitalik Buterin

El conflicto de fondo: dinero, anticapitalismo y feminismo

La convivencia no fue fácil. No por incomodidad personal hacia Taaki o Vitalik, sino por el choque de cosmovisiones entre los residentes permanentes de Calafou y los visitantes tecnológicos.

Los residentes de la colonia eran mayoritariamente anticapitalistas radicales. Muchos rechazaban el dinero en cualquiera de sus formas —incluidas las criptomonedas— y defendían el trueque, el crédito mutuo y la economía de la dádiva como formas de relación. Su crítica a Bitcoin no era técnica: era ética y política. Consideraban que cualquier moneda, incluso la descentralizada, reintroducía la lógica de la acumulación y la competencia en el corazón de la cooperación.

Los desarrolladores, en cambio, veían en Bitcoin y en las criptomonedas una herramienta de emancipación. Para ellos, el dinero no era el problema; el problema era su control centralizado por bancos y estados. La tecnología blockchain ofrecía la posibilidad de dinero sin amos, y eso era un avance revolucionario, no una concesión al capitalismo.

Esta tensión era inevitable y, en cierto modo, fructífera. Puso en contacto dos formas de pensar la libertad que rara vez dialogan. Pero también generó fricciones insalvables.


El papel del feminismo: cuando el encuentro se rompe

Pero si hubo un factor especialmente disruptivo en esa convivencia, fue el feminismo. No todo el feminismo, sino una corriente particular dentro de la colonia que, lejos de buscar el diálogo o la articulación de diferencias, optó por la confrontación y la expulsión.

Según los testimonios de quienes vivieron aquella experiencia, el ambiente en Calafou se fue envenenando progresivamente. Las acusaciones cruzadas, la aplicación de dinámicas de poder encubiertas bajo discursos de género, y la incapacidad para procesar los conflictos sin recurrir a la humillación pública y al bullying sistemático, hicieron inviable la convivencia.

El feminismo, en lugar de aportar herramientas para tejer alianzas entre luchas distintas (anticapitalismo, tecnopolítica, soberanía digital), se convirtió en un mecanismo de expulsión. Quienes no se alineaban con ciertas ortodoxias eran señalados, aislados y, finalmente, forzados a marcharse.


El fin de la experiencia: migración forzada del hacktivismo

El hacktivismo que había crecido en Calafou —esa confluencia entre código, ética y acción política— no pudo sobrevivir a ese ambiente. Los desarrolladores, los creadores, los fundadores de proyectos que habían visto en la colonia un lugar para el encuentro, se fueron marchando, uno tras otro.

No fue una decisión voluntaria, en muchos casos. Hubo expulsiones forzadas, motivadas por denuncias públicas en asambleas, por escraches en redes sociales, por la imposibilidad de seguir trabajando en un clima de desconfianza y hostilidad. Otros se fueron por hastío, al comprobar que el proyecto de construir un laboratorio postcapitalista se había convertido en un campo de batalla identitario donde la tecnología y el código eran vistos con recelo, cuando no con desprecio.

El resultado fue una diáspora. Muchos de aquellos desarrolladores y activistas recalaron en otros espacios: algunos en Parallel Polis (Praga), otros en squats de Mataró o en la Casa de la Montaña en Barcelona, otros directamente se exiliaron a países con legislaciones más favorables a sus proyectos. El sueño de un laboratorio cypherpunk en el campo catalán se desvaneció.


La paradoja: el conflicto como parte del proceso

A pesar de su final amargo —o quizá gracias a él—, Calafou sigue siendo un experimento fundamental en la prehistoria de Undervan y de todo el ecosistema que hemos estado trazando.

Porque el conflicto no fue un accidente. Fue parte del proceso. Lo que ocurrió en Calafou fue la prueba de fuego de dos hipótesis:

HipótesisResultado
El software libre y el cooperativismo pueden confluir sin fricciónFalsa. Las tensiones sobre el dinero, la propiedad y la organización fueron profundas.
Los espacios mixtos (técnicos, políticos, artísticos) son naturalmente fértilesDepende. La fertilidad requiere condiciones de diálogo que no siempre se dan.
El feminismo radical es siempre una aliada del hacktivismoMatizada. En Calafou, el feminismo actuó como fuerza centrífuga, no centrípeta.

Calafou demostró que construir alternativas es difícil. Más difícil aún cuando no se comparten ni las herramientas ni las cosmovisiones. Y que la descolonización mental no puede darse por supuesta: hay que trabajar en ella explícitamente, o el bullicio de las buenas intenciones se convierte en bullying.



Por qué esto importa para Undervan

La experiencia de Calafou y los espacios de encuentro en Mataró y Barcelona es la prehistoria inmediata de Undervan. Allí, en medio del barro, las impresoras 3D, las asambleas interminables y los conflictos insolubles, se forjaron las preguntas que luego guiarían el proyecto:

  • ¿Cómo se construye una tecnología soberana sin reproducir las lógicas de poder que se quieren combatir?
  • ¿Cómo se financia un proyecto emancipatorio sin caer en la trampa del capitalismo?
  • ¿Cómo se convive con la diferencia sin que la diferencia se convierta en excusa para la expulsión?
  • ¿Cómo se protege la libertad de expresión y de pensamiento dentro de una comunidad que dice defender la libertad?

Uno de los fundadores de Undervan estuvo allí, en Calafou, en los squats de Mataró y en la Casa de la Montaña. Vio con sus propios ojos el potencial del encuentro y también sus límites. Aprendió lo que sí funciona (la hibridación del código y la vida, la confluencia de disciplinas) y lo que no funciona (el dogmatismo, la incapacidad para gestionar el conflicto, el uso del feminismo como ariete identitario en lugar de como herramienta de liberación).

Calafou fue un laboratorio. Explotó. Pero de sus fragmentos, como de los pedazos de la bandera checa, nacieron nuevas constelaciones. Una de ellas se llama Undervan.

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